martes, 23 de septiembre de 2014

La terapia como relación.

Existe una creencia, un mito, o quizás una realidad excesivamente simplificada, que dice que unos organismos son capaces de producir cambios en otros de manera unidireccional e independientemente de la estructura interna de los primeros. Es lo que se conoce en ámbitos profesionales como "El mito de la Interacción Instructiva".

Quizás el mejor ejemplo esté en el ámbito educativo. Durante mucho tiempo se pensó que el proceso educativo era poco más que una instrucción elaborada, durante la cuál el alumno era un mero receptor de conocimientos, que interiorizaba conceptos y estrategias de modo pasivo, generalmente por medio de la repetición u otras estrategias memorísticas en función de su capacidad. En el mejor de los casos el proceso se apoyaba en programas de refuerzo diferencial (sistemas de premios y castigos) o modelado (imitación),  para, posteriormente, exhibir, en teoría ­sin cambios­, los conocimientos o procedimientos previamente memorizados.

Se esperaba que los conocimientos, una vez “copiados” eran asumidos e integrados tal cual en la mente del alumno. La simple exposición -­con mas o menos repeticiones- a los contenidos provocaba su interiorización, integrándose en la mente del alumno, sin cambios perceptibles, para el resto de su vida. Se esperaba que se diesen ciertos cambios en el interior del alumno -los mismos para todos los alumnos- por la mera exposición a estímulos externos ya fueran estos contenidos conceptuales que se repiten o procedimientos que se copian de un modelo. En este paradigma existe una sola parte activa, el docente, que dirige un proceso, la enseñanza, que provoca el mismo efecto, el aprendizaje, en un grupo de alumnos, independientemente de su estadio evolutivo, sus intereses o sus capacidades.

Este modelo educativo fue superado -o mejor dicho completado- hace mucho tiempo, a pesar -y con la lucha enconada- de muchos docentes. Hoy en día el modelo dominante en educación es de inspiración constructivista. Y lo es porque se basa en la evidencia de que el aprendizaje -sobre todo el significativo- necesita -o cuando menos se beneficia enormemente- de la experimentación directa, la aplicabilidad y generalización de lo aprendido. Se aprende mucho antes (y mucho mejor) si lo aprendido es significativo para el alumno, que forma parte activa de su aprendizaje.

En psicoterapia ciertos enfoques parecen considerar que el efecto que busca el cliente (mayor adaptación, menor sufrimiento...) puede lograrse exclusivamente mediante las técnicas que prescribe o usa el terapeuta. Que estas técnicas son capaces, ­si han sido correctamente seleccionadas y aplicadas­, de producir cambios en el interior del “paciente”. Estos cambios (incluso involuntarios o inconscientes según la escuela del terapeuta) permitirán  la desaparición del motivo de la consulta.

La relación terapéutica se condiciona exclusivamente a la efectividad de las técnicas, se convierte en un marco donde el “paciente” proporciona información al terapeuta, con la que este tratará de averiguar que elementos (internos o externos) son la causa directa (mas o menos oculta) de sus problemas. Una vez logrado ese propósito la relación terapéutica es la vía por la que terapeuta tratará de provocar cambios internos en el paciente por medio de ciertas pautas (técnicas). El papel del paciente puede quedar reducido a seguir tales pautas e informar al terapeuta. Se planifican intervenciones (mas que interacciones) en las que las técnicas tratan de influir en (los orígenes de) el trastorno, como si éste tuviera existencia ­o sentido­ propio fuera del organismo.

Incluso obviando las resistencias explícitas que puede movilizar una relación terapéutica directiva, ésta presenta otros problemas. Es necesario desechar la idea de error y sustituirla por utilidad, entender que la influencia es mutua y que solo es posible elicitar cambios hasta donde permita la estructura donde se quieren implementar esos cambios, ya que es la estructura la que cambia. La reconstrucción interna de los procesos y eventos  que se desarrollan en el seno de la relación terapéutica es la que puede “disparar” procesos internos que, estos si, puedan llegar a un mejor ajuste, a una mayor utilidad. Es decir las técnicas son útiles (imprescindibles, en realidad) pero no conviene olvidar que no producen, per se, el cambio deseado, el cambio deseado es generado en el interior del paciente y por parte del mismo paciente.


A modo de "postdata" probablemente sea necesario aclarar que ciertamente existe una mayoría de trastornos, cuadros, problemas o situaciones, en las que la descompensación tiene un "disparador" mas o menos claro, es decir, que existen factores causales/mantenedores concretos, identificables. Un enfoque mas directivo y centrado en técnicas puede ser el mejor (ética y profesionalmente) para casos concretos, seguramente incluso el abordaje óptimo para la mayoría de los problemas.

Quizás el mejor, pero no el único, ejemplo serían las fobias simples causadas por un evento traumático y que presentan poca generalización. Con toda seguridad en estos casos el abordaje mas recomendable (profesional y éticamente) sea una desensibilización sistemática o incluso una inundación. Ir mas allá podría ser poco ético en muchos casos (amén de farragoso y probablemente inútil) como veremos en la siguiente entrada.

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