Sobre los cambios apresurados
En demasiadas ocasiones se nos olvida que las personas somos un todo autoorganizado que tiende a mantenerse estable, tanto en relación a sus distintos componentes como con las demandas del entorno. La homeostasis, esta tendencia al equilibrio, es uno de los principios de funcionamiento mental que es común a la mayoría de escuelas y abordajes psicoterapéuticos.
Pero esta misma tendencia también es responsable de que prestemos “resistencia” al cambio, especialmente cuando éste (por frecuencia, intensidad o duración) implica cambios en muchos esquemas o en esquemas especialmente importantes. Sin embargo que la autoorganización tienda a la estabilidad no implica necesariamente la imposibilidad del cambio. Los esquemas que conforman esa autoorganización (idiosincrática, además) son abordables y mutables, lo que varía es el grado de mutabilidad, el esfuerzo/tiempo necesarios para implementar el cambio y si el resultado merece la pena, en comparación con el esfuerzo requerido. En este sentido conviene recordar que no es lo mismo un proceso de asimilación que uno de acomodación (1) y quizás esa sea la clave. Los cambios demasiado “ambiciosos” (por amplitud y/o plazo), pueden movilizar resistencias, a su vez, demasiado poderosas(2).
La relación terapéutica implica cambios (como mínimo en el modo de afrontar/valorar eventos) y en este ámbito el cambio siempre encuentra resistencia (de lo que existía antes de su llegada) mas o menos poderosas. Por ello es necesario facilitar esos cambios y casi siempre es mas factible, menos arduo, si somos capaces de respetar y usar, en la medida lo posible, aquello preexistente, lo que ya existe en la mente del cliente.
Al usar (en lugar de ignorar o tratar de eliminar) lo preexistente la resistencia presentada es menor, haciendo el cambio mas viable. Es decir, la propuesta es que siempre el autoconocimiento preceda a la asimilación y ésta a la acomodación (si es que son procedentes y necesarias). Es mas fácil flexibilizar o incluso modificar los esquemas preexistentes que generar unos nuevos. Sobre todo si hay que partir de cero y especialmente cuando no es del todo necesario.
El respeto al cliente pasa necesariamente por el respeto a sus ritmos, a la secuencia (orden y velocidad) de cambios que es capaz de asumir en cada momento. Parte del trabajo del terapeuta debe ser organizar el proceso para que sea accesible para el cliente. Partir de lo preexistente y graduar el esfuerzo de modo que, en cada momento, el reto no sea inalcanzable buscando el cambio acumulativo y progresivo. Objetivos mas modestos y accesibles generan oportunidades de éxito que incrementan la autoconfianza y generan expectativas (sobre todo de autoeficacia) positivas, creando una base desde la que, si es necesario, abordar cambios mas ambiciosos, dirigidos a aquellos esquemas mas mas importantes, mas implícitos y mas difícilmente modificables.
En muchas ocasiones el proceso de cambio tiene mayor potencial terapeútico, que los cambios en sí mismos, en según que cuadros y clientes puede que sea mas importante aprender a ser flexible quehacer desaparecer los síntomas inmediatamente o comprender su origen, en todos los casos siempre será beneficioso (aunque no siempre posible). Por ello el cambio debe ser gradual, respetando siempre el marco organizativo del cliente, los límites que está dispuesto a (y puede) superar o hasta donde se atreve a explorar.
Sin embargo a veces el terapeuta puede verse impulsado a acelerar los cambios y acortar los plazos, ya sea por presión institucional, del cliente o por sus propias inseguridades. En otras palabras,asumir que el cambio (en este momento, en estas condiciones y/o con estos plazos) no es posible todavía puede dañar la imagen de competencia del terapeuta ante el cliente y/o ante sí mismo, dificultando la alianza terapéutica.
Puede ser necesario explicar que los objetivos (cambios) muy ambiciosos suelen ser mas costosos, mas difíciles de alcanzar y mantener. Mientras que, a veces, los acercamientos laterales y/o progresivos son los mas efectivos. Que lograr cambios pequeños no solo motiva, incrementa las expectativas de autoeficacia, genera oportunidades de éxito sino que además dosifica la frustración. Quizás sea mas fácil ilustrarlo con un ejemplo de la vida cotidiana.
Conozco bien, por experiencia propia y ajena, la práctica deportiva conocida como jogging, running o mas coloquialmente “correr”. He podido observar en repetidas ocasiones el proceso que lleva desde la decisión de empezar a correr a abandonarla o mantenerla, en varios casos incluso asesorando a terceros. Y lo que he podido aprender es que tiene mucho que ver con el principio que nos ocupa.
En la mayoría de los abandonos suele combinarse un desconocimiento sobre la práctica deportiva, una sobrevaloración de las propias capacidades y unas expectativas irreales sobre los resultados y sus plazos. Estos factores generan objetivos inalcanzables o con una relación coste/beneficio claramente desventajosa. Adelgazar seis kilos (sin hacer dieta y/o en un mes) es poco viable, sobre todo si el nivel de partida es el sedentarismo mas absoluto.
Por otro lado los que se mantienen suelen haberse informado mejor, son conscientes de que la clave es la constancia y, sobre todo, graduar el esfuerzo y los objetivos, encadenando las metas de modo que estas sean alcanzables con un nivel de esfuerzo medio. Hay un elemento, quizás antiintuitivo, que complica aún más el asunto: la forma y el fondo físico se refuerzan conforme se ejercitan, es decir, mientras mas corres hoy mas puedes correr mañana.
Los instructores y los practicantes mas veteranos coinciden en sus recomendaciones principales. La clave para mantener la práctica es, sobre todo al principio, graduar el esfuerzo, proponerse objetivos alcanzables y conocer los propios límites. Se recomienda comenzar con niveles de exigencia medios o bajos, alcanzables por el novato con niveles de esfuerzo (dificultad) medios. Empezar andando mucho y corriendo poco, para ir incrementando el tiempo que corres y disminuyendo el que andas, hasta que un día ya corres de modo continuo. A partir de ahí se incrementa el tiempo/distancia, la velocidad media o la frecuencia semanal.
Una vez se establece cierta rutina (cierto grado de “maestría”) se accede a nuevos niveles de forma física desde los que es posible abordar objetivos mas ambiciosos gracias a que tanto la forma física como el grado de autoconocimiento (capacidades, límites, autocontrol) le permiten generar expectativas realistas basadas en que tiene detrás una pequeña historia de corredor exitoso que ha ido superando retos, pequeños al principio, grandes al final y, probablemente siga corriendo por razones totalmente distintas a las que le empujaron a empezar.
(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Piaget#Asimilaci.C3.B3n
(2) No se trata de resistencias en el sentido freudiano, sino literal
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