Generalmente un psicoterapeuta no tiene demasiados problemas en ubicarse en una u otra escuela de psicoterapia, sin embargo existen matices importantes. Incluso aquellos que nos basamos en el método científico (conductistas, cognitivo-conductuales, cognitivos, constructivistas) presentamos diferencias en ciertos procedimientos, métodos y -sobre todo- planteamientos epistemológicos.
Aunque me ubico en la escuela cognitivo-conductual, considero imprescindibles ciertas aportaciones y metodologías constructivistas, sobre todo cuando la intervención implica cambios profundos en la identidad, la personalidad, los patrones de relación o incluso los estilos cognitivos. Sin embargo la necesidad de este tipo de intervenciones, o mas propiamente su demanda, es comparativamente escasa, no suele ser necesario o conveniente “escarbar” ni “reconstruir” tanto. Es decir, incluso siendo constructivista tus intervenciones serán la mayoría de las veces cognitivo-conductuales. Quizás por eso ambas corrientes conviven sin demasiados problemas, y quizás también por eso los “racionalistas” son (o quizás somos) los que conforman (mos) la “corriente principal” en la terapia cognitiva.
En realidad la principal diferencia entre racionalistas (conductistas, cognitivo-conductuales y cognitivos) y constructivistas es de carácter epistemológico. Aunque constructivistas y racionalistas parten de la existencia de un mundo real externo al observador, para los racionalistas este mundo real es independiente del observador, al igual que lo son las leyes generales que lo rigen, mientras que para los constructivistas esto no es estrictamente así.
Para los racionalistas al existir un mundo real externo (e independiente) a nosotros debe ser posible explicar ese mundo por medio leyes generales aplicables a los objetos que lo “habitan”. Estas “leyes generales” nos permitirán analizar, comprender y predecir el comportamiento de los “objetos” estudiados, sus cambios y sus relaciones con otros objetos. Para los racionalistas ese objeto sería el ser humano, mas propiamente su conducta (pública o privada, fisiológica, motora o mental).
Los racionalistas comparten la existencia “independiente del observador, mensurable y sujeta a leyes”, de la conducta. Dentro del amplísimo repertorio conductual humano se centran en los procesos mentales, concretamente en los “esquemas” o estructuras procesadoras de información. Esto tiene una serie de ventajas con respecto a otros planteamientos que probablemente expliquen su mayor extensión.
Aunque me ubico en la escuela cognitivo-conductual, considero imprescindibles ciertas aportaciones y metodologías constructivistas, sobre todo cuando la intervención implica cambios profundos en la identidad, la personalidad, los patrones de relación o incluso los estilos cognitivos. Sin embargo la necesidad de este tipo de intervenciones, o mas propiamente su demanda, es comparativamente escasa, no suele ser necesario o conveniente “escarbar” ni “reconstruir” tanto. Es decir, incluso siendo constructivista tus intervenciones serán la mayoría de las veces cognitivo-conductuales. Quizás por eso ambas corrientes conviven sin demasiados problemas, y quizás también por eso los “racionalistas” son (o quizás somos) los que conforman (mos) la “corriente principal” en la terapia cognitiva.
En realidad la principal diferencia entre racionalistas (conductistas, cognitivo-conductuales y cognitivos) y constructivistas es de carácter epistemológico. Aunque constructivistas y racionalistas parten de la existencia de un mundo real externo al observador, para los racionalistas este mundo real es independiente del observador, al igual que lo son las leyes generales que lo rigen, mientras que para los constructivistas esto no es estrictamente así.
Para los racionalistas al existir un mundo real externo (e independiente) a nosotros debe ser posible explicar ese mundo por medio leyes generales aplicables a los objetos que lo “habitan”. Estas “leyes generales” nos permitirán analizar, comprender y predecir el comportamiento de los “objetos” estudiados, sus cambios y sus relaciones con otros objetos. Para los racionalistas ese objeto sería el ser humano, mas propiamente su conducta (pública o privada, fisiológica, motora o mental).
Los racionalistas comparten la existencia “independiente del observador, mensurable y sujeta a leyes”, de la conducta. Dentro del amplísimo repertorio conductual humano se centran en los procesos mentales, concretamente en los “esquemas” o estructuras procesadoras de información. Esto tiene una serie de ventajas con respecto a otros planteamientos que probablemente expliquen su mayor extensión.
- Eficacia comparada. Todas las terapias racionalistas centran su trabajo en los esquemas, verdaderos objetos (y objetivos) de la intervención. Enfocan su trabajo en el análisis (y modificación) de los mismos. Las distintas propuestas se centrarán en un tipo de esquema o propondrán una manera distinta de modificarlo. Al tratarse del mismo objeto (esquema disfuncional) y tipo de procedimiento (modificar el esquema o su influencia) con el mismo objetivo (recuperar el ajuste) es posible comparar la eficacia diferencial de tales propuestas, es decir, lograr la eficacia comparada, que es otro elemento central en las terapias racionalistas.
- Diagnóstico Diferencial. Los esquemas están auto-organizados jerárquicamente, de modo que un esquema influye/determina a otros de nivel inferior. Estas agrupaciones son las que determinan como conoce el sujeto el mundo (y se relaciona con él). Hay agrupaciones que se asocian más frecuentemente y otras que lo hacen menos. Hay distorsiones que suelen aparecer juntas, formando parte de cuadros sintomatológicos (p. ej. en la bulimia la dicotomía absolutista gordo-flaco junto a una distorsión en la autoimagen). Existen agrupaciones concretas que aparecen frecuentemente en unos tipos de trastornos y no en otros, esta “distribución” es conocida por el terapeuta, lo que le permite predecir los esquemas y sus relaciones, permitiéndole un abordaje diferencial (y óptimo) para cada tipo de trastorno.
- Sufrimiento psicológico e Historia Personal. Los esquemas son estructuras de significado, otorgan sentido, construyen identidad, intención y sentido. El esquema disfuncional distorsiona la realidad de modo que el mundo representado no se corresponde con el mundo real. Este desajuste es el que causa el sufrimiento, el sujeto no tiene porque conocer el origen del mismo. El terapeuta trata de eliminar el desajuste entre el mundo exterior y el que se ha representado el sujeto. Como el mundo exterior es real -e independiente de su observador- la intervención debe centrarse en el observador, en sus mecanismos de representación disfuncionales. Una vez “reparados” estos mecanismos el desajuste desaparece (o se mitiga) y la representación vuelve a corresponderse con el mundo real. Conocer el modo en que se volvieron disfuncionales no es tan importante (ni necesario) una vez desaparece el desajuste, no hay necesidad de revisar históricamente su origen.
- Tratamiento preciso. A pesar de su hipervalencia los esquemas son abordables, siendo posible al menos, inhibir o modular su influencia. Es posible eliminar/mitigar el error y con ello el desajuste. La intervención trata de eliminar la fuente de distorsión modificando el esquema (o su influencia), restaurando el ajuste y generando esquemas mas funcionales. La intervención se dirige tan solo donde es necesaria, dado que existen errores concretos (y mensurables), es posible centrarse solo en ellos, dirigiéndose directamente a las fuentes de sufrimiento (distorsión) por medio del abordaje óptimo para cada tipo de esquema/s y para cada de paciente concreto. No es necesario “modificar” o “movilizar” mas de lo necesario.
- Directividad y Relación Terapéutica. Una característica esencial del esquema es su actuación insidiosa, son automáticos y preconscientes, influyen en el estado emocional y la consciencia. Provocan sufrimiento pero el sujeto no tiene porque conocer que éste procede de sus esquemas, que estos son disfuncionales o ni siquiera su existencia. El terapeuta es el “experto en esquemas” en que confía el paciente, parte de su competencia estriba en dirigir la atención del paciente hacia esos esquemas, su búsqueda, análisis y modificación. La relación terapéutica estará dirigida por el terapeuta que (teniendo en mente el objetivo final) “adiestrará” al paciente en el trabajo con estos esquemas, haciendo su guía cada vez menos necesaria.
Por todo lo dicho anteriormente en la mayor parte de los casos mi intervención de elección será alguna intervención de tipo racionalista. Las terapias racionalistas, gracias a su precisión, son capaces de devolver el ajuste respetando la individualidad del paciente. El terapeuta no valida (o invalida) el mundo interno del paciente o su historia personal, se centra -aquí y ahora-, solo en errores concretos, en las fuentes de desajuste, capacitando al paciente para reajustar su relación con un mundo del que se ha distanciado. Trabajar sobre el error, comprender como funcionan los esquemas (y como repararlos) es mas importante que conocer como se “estropearon”. La prevención de recaídas es mas importante que la comprensión histórica. Además su planteamiento metódico y sistemático presenta un valor añadido para los que tendemos a dispersarnos o centrarnos en detalles nimios, nos dirige al lugar exacto donde “somos necesarios”.