viernes, 18 de septiembre de 2015

El Cinturón Morado

Me siento a gusto definiéndome como andaluz, me siento "raro" si me defino como gaditano o europeo,  asumo con resignación ser jerezano o español. De alguna manera empatizo con los catalanes, si yo me pudiera "bajar" de España lo haría, pero eso implicaría negar lo que realmente soy y -a diferencia de los catalanes- no tengo los recursos que  respaldarían tal autoengaño, no podría, aunque quisiera, amputar mi "españolidad".

La identidad, la manera en que nos definimos y percibimos a nosotros mismos, es un proceso mas fácil de comprender  si consideramos no somos una única identidad sino una comunidad de identidades que se relacionan, complementan e incluso
contradicen entre sí. Me defino a mi mismo como muchas cosas a la vez, soy hijo y también padre, me consideraba de izquierdas y ahora de los de abajo. En mi caso el encaje mas difícil viene, sin embargo, del esfuerzo de
asumir sin incoherencias las capas superpuestas que componen mi identidad geográfica.

Andalucía es una preciada parte de mi identidad, con la suficiente entidad y coherencia como para , a título práctico, ocupar el lugar de España. Incluso para un extranjero Andalucía -sus climas, sus territorios, sus gentes, sus costumbres- es claramente reconocible como entidad. Andalucía ocupa en mi mente exactamente el mismo lugar que ocupa Catalunya en la mente de Joan Junquera, por ejemplo.

Estoy seguro que Andalucia lo llevaría bien siendo independiente, sólo con poder procesar y gestionar nuestra riqueza natural creo que ya saldríamos ganando.

La diferencia entre un catalanista y yo mismo está en las atribuciones que hacemos. Yo no creo que el origen de los problemas de Andalucía radique exclusivamente en otras entidades territoriales. Los problemas de Andalucía, como los de Missouri o Escocia tienen las mismas causas, más relacionadas con la existencia de elites extractivas, parasitarias, sin identidad territorial definida. Su identidad se basa en el dinero y los poderes financieros  no tienen patria ni reconocen nación alguna.

Andalucía es la base de mi identidad  cultural, por delante del resto, sin excluirlo. No todo lo andaluz me parece positivo ni lo español es necesariamente negativo. El mensaje catalanista es otro. Cataluña parece contener solo elementos positivos, no pudiendo desplegar su potencial al estar lastrada por el resto de los españoles, a los que no se percibe como compañeros o compatriotas sino como parásitos. Usan -a posta- el antagonismo como fuente de identidad colectiva, somos catalanes porque somos diferentes a esa recua de españoles que viven a nuestra costa en lugar de trabajar.

La "integración" consistía, en el fondo, en anular otras identidades, por el simple medio de secundarizarlas y acentuar su carácter folclórico. Se limitaron a copiar el procedimiento usado por el régimen en toda España, en virtud del cual las hablas, las costumbres, los signos externos de esas identidades locales no eran más que muestras de incultura, localismos fruto de la ignorancia, las identidades locales eran vergonzantes, un defecto a ocultar.

Les salió muy bien, los charnegos son ahora un granero de votos independistas. Aquí -y en Extremadura o Galicia- los conocemos bien, se han aferrado a su identidad de nacimiento, renegando de la que sus padres trataron de legarles, no secundarizandola, sino anulándola del todo. Es comprensible, el apartheid cultural del régimen, hacía deseable la integración absoluta, coherente con el antagonismo xenófobo que tomó por bandera. Si querías medrar unos apellidos , un acento (síntomas externos de una identidad) "forasteros" eran un obstáculo.

Durante un tiempo el cinturón rojo, sin embargo, se les resistió. Las ciudades dormitorio, refugio de obreros y emigrantes, fue feudo del PSOE que se erigía como garante de esas otras identidades, de esa posible -y seguramente beneficiosa- convivencia, la mayoria de los emigrantes votaban al PSOE porque este era capaz de responder a sus demandas, o al menos eso creían ellos.

A estos otros catalanes, que se sienten primero catalanes, pero también otras cosas, que no excluyen sino que incluyen. A estos Podemos se ofrece como alternativa para construir un futuro juntos.

Un futuro en el que todos caben, en el que se es Catalán de pleno derecho sin importar tus apellidos, sin necesitar amputarte partes de tu identidad. Para construir ese futuro, decía, antes hay que ganar una batalla, hay que recuperar ese cinturón y cambiarle el color.

Es probable que la clave esté en esos primos lejanos, sobre todo en los que aún conservan parte de su identidad ligada a los olivares de Jaén o las calas de Conil.

Si se dan cuenta que se puede ser la vez  Catalán y Andaluz, Gallego y Europeo, Cántabro y Español, si se dan cuenta de eso, de que en realidad no son mas que distintos aspectos de la misma persona y lo expresan en su voto, si cambian el color del cinturón, entonces quizás podamos seguir navegando juntos, si no es así me temo que nos vamos a ver, todos, en un embolado que sólo beneficiará a los de siempre, cuya única patria está en su bolsillo.

 

martes, 8 de septiembre de 2015

No Pienses en la Gaviota.

“La mayoría de los americanos no quieren saber nada de programas. La mayoría de los americanos quieren saber lo que defiendes, si tus valores son los mismos que los de ellos, por qué principios te riges y en qué dirección quieres llevar al país” 
(George Lakoff, No Pienses en un Elefante)

Durante la última campaña municipal varios de los integrantes de Somos Jerez nos enfrascamos en un análisis sistemático de los programas electorales. De los que había, porque el PP no presentó programa alguno y fue la fuerza más votada, a pesar de los escándalos, la crisis y la ausencia de programa.

El programa, su elaboración, su concreción y su carácter vinculante han sido y son la obsesión de  las fuerzas progresistas y, probablemente, una de las causas de sus reiteradas derrotas. Lakoff mantiene que el programa no interesa a casi nadie. No es que nadie se lo lea, que también, es que solo determina el voto de unos pocos.

Lakoff mantiene que son la identidad y los valores los que determinan no solo el voto, sino el hecho en sí de votar. En palabras mas llanas: El partido que mas crecerá será el que sea capaz de presentar un programa lo mas limitado y transversal posible, pero una identidad y unos valores lo mas compartidos y positivos posibles. 

Yo voto a aquél en el que confío, porque es como yo, defiende lo que yo. Hará lo que yo haría, lo que yo querría hacer. Confío en él, lo conozco, es “de los míos” así que no necesito leerme su programa. Es un buen tío, hará lo necesario. El "votante medio" vota al partido con el que se identifica y comparte valores, si no encuentra ninguno así, pues no vota.

Si la identificación (y los valores) regulan la conducta política alguno de los partidos tradicionales (e incluso los nuevos) pueden estar errando el enfoque radicalmente. Manuela Carmena, ignoro si por intuición o por erudición, apunta en esta dirección al hablar de seducir, no de convencer. 

La identificación otorga confianza, una confianza que es extremadamente insensible a la realidad, da igual lo que haga el objeto de nuestra confianza, siempre le justificaremos, creeremos sus palabras antes que a nuestros propios ojos. No se puede convencer a un creyente, hay que ganarse su confianza primero, hablar su lenguaje, usar sus esquemas mentales, sus marcos conceptuales. Es lo que logró Obama, lo que lograron antes Reagan y Thatcher, lo que logró Iglesias.

Lakoff parte de lo que la ciencia sabe  sobre nuestra manera de pensar, de percibir y sobre todo de elaborar e integrar el mundo.  Sabemos que en realidad no respondemos al mundo, respondemos a nuestra propia e interiorizada imagen del mundo, de ahí su insistencia en relación a los marcos conceptuales.
Al igual que el anoréxico (o el vigoréxico) retuerce sus percepciones y da por válida una imagen distorsionada de su cuerpo, cuando los hechos no encajan con nuestro marco tendemos a mantener el marco y rechazar (o ignorar) los hechos que lo amenazarían.

Lakoff suele recurrir a los modelos de crianza (padre estricto versus padre protector) porque sabe que los modelos parentales son los primeros en ser interiorizados, tienen un enorme peso en la construcción de la identidad y determinan en gran parte los valores que trataremos de seguir (o evitar) a lo largo de nuestra vida. Pero sobre todo los usa porque son los que usan los conservadores para lograr esa identificación. Y ese es otro de los grandes aciertos de Lakoff, señala como se aprovechan los conservadores americanos de ese conocimiento científico. Como usan marcos conceptuales, usando el lenguaje para lograr una identificación del votante con el padre estricto al que apelan de modo explícito e implícito, activo y pasivo. 

Y sin embargo aquí seguimos nosotros, al otro lado del charco. Diez años después de la primera edición. Aún pensamos, contra toda evidencia, que los seres humanos votamos por interés, de manera racional. Pues no, no es así, se vota por identidad, ámbito en el que lo racional es modificado por lo emocional, en el que lo grupal, lo colectivo y la historia personal pesan más que nuestro interés personal y concreto.

Quizás si entendemos todo esto podamos comprender el supuesto misterio del obrero de derechas, la pobreza vergonzante y el aguante del Bipartito pese a los escándalos, pese a la crisis, pese a todo.